El final del verano llegó… y casi olvidados emergen en mi recuerdo retales deshilachados de las noches de luna llena en la playa, de la euforia desatada por el triunfo de la roja, de aquel almuerzo en el hayedo a cubierto de los implacables rayos de sol, del raca raca o waca waca de Shakira que machaconamente repetía la megafonía del chiringuito, de las ruidosas partidas de mus en la tarde callada del pueblo, de la insaciable presencia audiovisual de Lady Gaga, del saludo de Sarkozy a Contador por su nuevo triunfo en el Tour, de las animadas tertulias entre amigos al caer la tarde, de la turista, quizás sueca, que ponía a diario la toalla a mi lado, de los musculados brazos de Aznar en su inesperada visita a Melilla, de todo eso y todo aquello que dio forma a un verano que el martes oficialmente termina.
Sin embargo, entre todas las imágenes que se cruzan en mi selectiva memoria hay una, absolutamente imborrable, que ha estado presente durante todo este summertime del 2010. Hablo, por supuesto, de la imagen deslumbrante de Sara Carbonero. La veo, muy profesional ella, comentando los éxitos deportivos de la selección, la veo con el bikini azul en todas las portadas de las revistas y la he visto, sobre todo, en aquel espontáneo beso que dio la vuelta al mundo en 80 redes; el beso enamorado, con reminiscencias medievales, del héroe a su dama por el triunfo en el torneo.
La dama, a la que se acusó con perversa intención de alterar los nervios del abanderado nacional, hizo, no obstante, el milagro que solo el amor y la belleza lograrían: la superación de la adversidad y el dulce sabor de la victoria. El beso de Iker se ha convertido así en icono olímpico del triunfo del amor, porque cuando la roja besa es que besa de verdad. Y el pueblo, que contempló entre la admiración y la envidia el idilio mediático ya ha inventado jocosas necedades, como que el colmo de Iker es casarse con Sara Carbonero de penalty.
Pero, por encima de todo, el beso entre Iker y Sara ha logrado unir en matrimonio a dos tipos de prensa que por cuestiones de género dividían a la población: la prensa del corazón y la prensa del balón. Y Berlusconi, que tiene a Sara en su nómina mediática, ha querido aprovechar el potencial inagotable de una estrella que ha logrado, como un nuevo demiurgo, que los hombres ojeen el Hola, las mujeres hojeen el Marca y nadie se interese por la política.
Porque el verano es por tradición la estación en que la política sestea y los conflictos dormitan. Hasta los políticos que se quedan de guardia hacen sus declaraciones entre la indolencia y la desgana. La calma chicha del estío hace olvidar el hastío de la próxima batalla otoñal y los éxitos deportivos, que han situado a España en el G-8 mundial, han ocultado apenas que la economía española, según las agencias de calificación, ha descendido a segunda división.
Pero también en el tórrido estío hay quien vela por nosotros. La Iglesia Católica , que ha hecho de la diplomacia vaticana la madre de todas las diplomacias, ha aprovechado la nocturnidad estival y la dispersión moral de sus fieles para designar a Mario Iceta como Obispo de Bilbao. Y, contra todo pronóstico, el nuevo pastor, a diferencia del Pastor socialista, se ha descolgado diciendo que la Iglesia va a seguir apostando por la paz en Euskadi. ¿Será acaso éste un dato más que pone de manifiesto que se aprovechó la calma veraniega para establecer contactos, negociaciones, conversaciones e incluso tomas de temperatura con la Izquierda Abertzale en un tórrido verano caldeado por los incendios y la kale borroka? No lo sabremos, pero el último comunicado de ETA ha señalado de hecho el final del verano y ha dado inicio a un nuevo curso político en que priman las mismas recetas de siempre: prohibir manifestaciones, aumentar las detenciones, poner a la Izquierda Abertzale más trabas de acceso a las instituciones y cerrar la puerta a muchas ilusiones… Yo no sé hasta cuando…
Erpin
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