viernes, 8 de octubre de 2010

INSTRUMENTOS DE VIENTO


            Comienzo esta columna como casi todas. Entro en Google. Pongo ‘instrumentos de viento’, que es de lo que va hoy la cosa, y le doy a buscar. Voy a Wikipedia y, como casi  siempre, aprendo algo nuevo. Hoy, por ejemplo, me he enterado de que entre los instrumentos de viento están los de lengüeta simple, como los clarinetes y saxofones; los de lengüeta doble con los oboes y fagotes al frente; los de depósito de aire, que son el órgano, el acordeón y la gaita; y finalmente los de embocadura, que incluyen a la trompeta, la trompa, el trombón, el bombardino, la tuba y otros dos que no me sonaban, en su sentido más literal, de nada: el serpentón y el cornetto. Bueno, miento, éste último sí me sonaba, pero creía que era un helado de vainilla y chocolate.
            Sin embargo, entre los instrumentos de la Wiki he echado en falta uno que, sin exagerar ni un pelo, ha sido el más oído este verano en todo el mundo. Me refiero a la vuvuzela, un instrumento de viento de origen africano, utilizado profusamente en Sudáfrica durante el mundial de fútbol, que imita el barritar de un elefante o el molesto zumbido de una turba de mosquitos trompeteros.
            Pues bien, creo firmemente que, si la vuvuzela no es de origen vasco, seguramente le anda muy cerca, porque durante años el graderío de Euskadi se ha dedicado a amenizar con su zumbido las tertulias de bar, los debates televisivos y las columnas de opinión nacionales.
            Cada vez que ETA ponía un petardo, el sonido terrorífico de la vuvuzela llegaba hasta Finisterre; cada vez que Ibarretxe acudía al parlamento vasco o  incluso al parlamento español, sacaba la vuvuzela y empezaba a hablar de un nuevo estatuto vasco, de una relación amable con España o de un cuestionado derecho a decidir. El genial Peridis calificó el sonido monocorde del discurso de Ibarretxe de raca, raca, como si de una carraca o matraca se tratase. Pero creo que ésta vez Peridis se equivocaba. Lo de Ibarretxe no era una carraca, sino una euskal vuvuzela amplificada por la orquesta mediática nacional.
            Ahora aquello se acabó y cuando López entró en Ajuria-Enea lo primero que hizo es ponerse a oír música con los cascos, seguramente para no molestar a los vecinos de Navarra, La Rioja y Cantabria. Y ahora, cuando por razones del cargo le toca tocar –valga la redundancia-  algún instrumento, siempre le pone la sordina. Al mismo tiempo el aparato mediático ha bajado al mínimo el volumen del  siempre estridente tema vasco, que es todo un temazo. En una palabra los vascos, que antes no hacíamos otra cosa que armar ruido, poner petardos y ocupar, muchas veces a nuestro pesar, las portadas de los periódicos, hemos pasado de repente a un humillante segundo plano. Hasta la cocina vasca que en su día llevó ante el juez a los cuatro evangelistas de la cosa culinaria, Arzak, Argiñano, Berasategi y Subijana, aparece hoy eclipsada por culpa de los restaurantes chinos y un solomillo irundarra con clenbuterol. En una palabra, Euskadi está silenciada y la sordina se ha convertido en el instrumento nacional –léase regional- de Euskadi.
            Hasta tal punto se ha usado la sordina que varios premios Nobel hacen una declaración para la pacificación del País Vasco y no se entera ni el tato; sacan tres comunicados seguidos los encapuchados de ETA y enseguida se les quita el sonido; hay una declaración de buenas intenciones de la Izquierda Abertzale y apenas si tiene eco en los mentideros de la Villa y Corte. En fin, los aldeanos vascos ya no son los únicos que tiran la piedra, como se ha visto en el parlamento valenciano y los leones de San Mamés se han convertido en dóciles cachorros. Y el que ha logrado este portento es Patxi López que, como Angel Cristo, ha sabido domar a las fieras.
            Pues, en estas estábamos, cuando, tras dos convocatorias suspendidas por supuesto exceso de decibelios, se reúne en Bilbao una impresionante multitud para defender los derechos sociales y políticos y la orquesta nacional también le hubiera puesto sordina, de no ser por los abucheos y pitidos al PNV, a los que, a falta de vuvuzela, recurrió la Izquierda Abertzale.
Erpin

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