Permítanme, si nadie se opone y veo que no, que parodie el título del libro Conversación en la Catedral del laureado Mario Vargas Llosa para comentar los parloteos de Zapatero y Urkullu en la Moncloa, que, aunque ha pasado el tiempo, siguen dando que hablar. Pues bien, esas conversaciones monclovitas, que fueron al parecer siete en total, han dado lugar a muchas informaciones y elucubraciones, que pasamos seguidamente a comentar.
En primer lugar están los acuerdos que todo el mundo conoce, a saber, las veinte competencias del Estatuto que faltaban por transferir, la presencia de Euskadi en el Ecofin de la Unión Europea, unas cuantas inversiones detenidas y después relanzadas, algún dinerillo para los estudios previos del Guggenheim en Urdabai y el cambio de denominación oficial de los territorios vascos, a cambio todo ello del voto favorable del PNV a los presupuestos y demás medidas económicas que pudiera adoptar Zapatero y del compromiso de dar estabilidad a éste hasta el final de mandato.
En segundo lugar en las reuniones mantenidas entre ambos presis se consolidó, al parecer, una relación franca y sincera, donde hablaron de todo: De lo que Sonsoles piensa de Urkullu, de cómo lleva la familia de Zapatero la presión del cargo, de los avatares sufridos por el abuelo de Zapatero en la Guerra Civil y también de fútbol, no en vano Urkullu llegó a jugar en el Larramendi y Zapatero es un conocido culé.
En tercer lugar se ha conocido hasta lo que comieron en la Moncloa, un menú del día que tampoco es gran cosa: vainas, redondo con puré de patata y mermelada, melocotón en almíbar con mouse de coco, agua y café.
Pero, mira por dónde, nadie parece darse por satisfecho con estos datos y explicaciones más o menos oficiales u oficiosas. Porque políticos y ciudadanos hemos llegado a la conclusión, tras años de pactos bajo la mesa, de que los acuerdos más importantes se firman en algún documento que no se hace público. Y ha bastado que se reconozca que en esas charlas se habló también de pacificación, modelo de Estado y ley de partidos, entre otros temas, para que se desaten una serie de informaciones y consideraciones que pasamos igualmente a comentar.
Una de las interpretaciones, barajada sobre todo en los aledaños de la derecha, es la que asegura que Zapatero y Urkullu pactaron la presencia de Batasuna en las municipales. Esta tesis la recogió el periódico La Gaceta que lo llevó a portada como principal noticia del día. Según esta información, sería el propio Urkullu el encargado de la negociación con la Izquierda Abertzale. Y así, cuando Zapatero dijo que los avances de Batasuna no serían en balde o trascienden noticias sobre acercamientos de presos, la tesis vuelve a cobrar fuerza.
La segunda interpretación tiene que ver también con las próximas elecciones, y se abona a la teoría de que lo que PSOE y PNV han acordado es respetar la lista más votada, en beneficio de éste. Esta es la tesis que defendió la presidenta del Parlamento Vasco, Arantza Quiroga, quien aseguró que los nacionalistas buscan así "mantener en las próximas elecciones municipales y forales el poder que tienen en el País Vasco", que Zapatero se ha convertido en “el fuego amigo” del pacto PSOE-PP y que, sin embargo, no va a lograrlo "porque somos conscientes de la situación y de otra manera seriamos unos irresponsables".
Desde el lado opuesto, fundamentalmente desde EA y la propia Izquierda Abertzale, el pacto ha generado suspicacias de signo distinto. Porque el PNV ha sellado un pacto con el partido que ha endurecido la ley electoral para impedir la presencia electoral de Batasuna, porque acepta de facto el autonomismo como la estación términus de sus reivindicaciones y porque tiene por objetivo “mantener el actual status quo político, que a fin de cuentas, tanto beneficia al PNV, PSOE y PP”.
Sin embargo, en una cosa están casi todos de acuerdo, en que el amigo Zapatero le metió el dedo en el ojo a Patxi López y le ha mangó la primogenitura en Euskadi con un plato de vainas en La Moncloa. Erpin
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