En Euskadi tenemos un grave problema a la hora de poner nombres a las cosas. Tanto es así que no sabemos aún muy bien si es correcto hablar de Euskadi con S, Euzkadi con Z, Vascongadas con V, Baskonia con B y K, Euskal-Herria con o sin guión, País Vasco sin más, Hegoalde o Comunidad Autónoma Vasca. Lo mismo pasa a la hora de designar a Navarra que puede ser Nafarroa con F, Naparroa con P, Reyno de Navarra con Y, Territorio Navarro, Navarra a secas o Comunidad Foral. La última pelea ha surgido a cuenta del Txakolí, que en Burgos y Santander llaman Chacolí y que en correcto euskera debería ser Txakolin, de donde vendría el Getariako txakolina.
Pues bien, este problema nominal que enturbia todas nuestras relaciones como pueblo, país, región, nación, nacionalidad o comunidad se complica aun más a la hora de denominar todo lo que hace referencia al conflicto, contencioso, problema o como quiera que se llame el follón éste que tenemos vascos y no vascos, vascas y no vascas.
Esto es lo que ha pasado a la hora de poner nombre a la tarea, función, cometido, trabajo, hobby o profesión del señor Brian Currin, el abogado sudafricano que participó como mediador internacional en los procesos de paz de Irlanda del Norte y Sudáfrica, y que ahora se ha embarcado en la difícil empresa de tratar de resolver el conflicto vasco o, si usted lo prefiere, de poner fin al terrorismo de ETA.
Pues bien algunos han definido su labor como negociadora, pero en medios gubernamentales el término negociador no gusta, porque eso sería admitir que entre ETA y el Gobierno hay negociaciones, cuando lo máximo que se está dispuesto a aceptar es la existencia de contactos o tomas de temperatura. Ni siquiera ha valido para consolidar el término la imagen del negociador de las películas americanas que con grandes dosis de psicología y habilidades sociales trata de convencer al secuestrador de que se entregue, sin hacer daño a sus rehenes, a cambio de una promesa que habitualmente se incumple.
También se ha calificado a Currin como mediador, pero tampoco esta palabra ha gustado, porque eso implica que quien lo hace tiene que mediar entre dos partes que de alguna forma se sitúan en pie de igualdad. Y eso se considera inadmisible, porque –dicen- el Estado de Derecho no puede ponerse al mismo nivel que una banda u organización terrorista, por más que las recientes palabras de Felipe González sobre la cuestión hayan sembrado más de una duda sobre la limpieza moral del citado Estado de Derecho. Además, la palabra mediador tampoco gusta porque suele ir acompañada del adjetivo internacional y si hay algo que se quiere evitar ahora, que no antes, es la internacionalización de la búsqueda de soluciones al problema vasco.
En fin, el término negociador fue borrado de la lista y entonces algún iluminado logró un gran hallazgo lingüístico. Lo que hace Bryan Currin es simplemente una labor de facilitador. Esta palabra sugiere, es cierto, que el asunto se las trae, pero más que admitir la dificultad que el proceso de paz conlleva se refuerza la idea de que lo que hace Currin es únicamente facilitar la salida de su encierro del mundo de izquierda abertzale y de la propia ETA, que, en su opinión, son los únicos que tienen que moverse. En una palabra, Brian Currin sería una especie de lubricante, vaselina, mantequilla o Abre fácil del opaco tetrabrick abertzale. Y por si fuera poco el reduccionismo terminológico de la empresa de Currin, se van dejando caer informaciones según las cuales el abogado sudafricano recibiría cuantiosos emolumentos para que el proceso facilitador avance convenientemente engrasado.
Pero por encima de los nombres, la cuestión que a mí me preocupa es si el Facilitador podrá lograr finalmente su objetivo, sobre todo porque el citado facilitador está rodeado de un montón de dificultadores que ponen chinas en su camino y también porque mi experiencia me dice que nada hay más costoso que abrir un envase por donde pone Abre fácil. Erpin
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