Érase una vez –el avispado lector habrá advertido que esto es un cuento, porque los cuentos comienzan así- Érase, digo, un galeón español que surcaba –nuevamente habrá reparado el avispado lector en la metáfora, porque el barco hace surcos en el agua, si bien efímeros, como el arado en la tierra- Surcaba, en fin, las apacibles aguas del Caribe, cuando, de pronto, se desató una tormenta – por tercera vez el avispado lector habrá observado que cuando una tormenta, obviamente atada, ha logrado desatarse suele salir hecha una furia.
Pero sigamos con el cuento, ya sin interrupciones, porque, entre la avispa y la mosca, no hay cosa peor que un avispado lector mosqueado. El caso es que el galeón español que volvía a España, cargado de oro, fue sacudido por la airada tormenta como una cáscara de nuez, hasta que fue devorado por las aguas. Solo un grumete, mitad indio mitad vasco, consiguió asirse a un barril lleno de agua, o quizás fuera de ron, ya que estaba cerrado y no era cosa de ponerse a abrirlo en aquel infierno. En fin, nuestro grumete, a quien acabaremos por coger cariño, no recuerda aún cómo –solo sabe que gritó auxilio hasta perder la voz y la esperanza- el caso es que consiguió llegar a una isla que hubiera estado desierta, si no fuera por los monos, mosquitos, tortugas, palmeras y cocoteros que la poblaban.
Un buen día, bastante mejor por cierto que el que les contábamos en el párrafo anterior, llegó a la isla una gran caja de madera en la que entre otras cosas, que tampoco es cuestión de hacer un inventario, había unas cuantas botellas, esta vez sí de ron, varios pergaminos y recado de escribir. Desde entonces, nuestro amado grumete se dedicó a vaciar las botellas en su gaznate con inusual diligencia. Y con la euforia que da el alcohol se dedicó, día tras día, botella tras botella, a enviar los envases con el siguiente mensaje: “¡¡Auxilio!! ¡¡Socorro!! –El SOS no se había inventado aún- Soy un pobre náufrago. Estoy en una isla desierta, salvo que está poblada de tortugas, monos, mosquitos, palmeras y cocoteros, y un poco de ron. ¡Venid a rescatarme! ¡¡Por favor, please, mesedez!! Post Data: Se gratificará”. Pues bien, el joven grumete fue finalmente rescatado y, en señal de agradecimiento, escribió unos sentidos versos que hoy se guardan en el Archivo General de Indias. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
Pero la columna y la tozuda realidad, por desgracia, continúan y esto ya es otro cuento.
Érase, pues, otra vez –el cuento, como ven, no empieza bien- una importante naviera de capital europeo que peinaba las aguas del Mediterráneo y el Atlántico disfrutando de la bonanza y nadando en la abundancia. Pero un mal día, el Dios Eolo y la odiosa Crisis comenzaron a soplar sin piedad en las islas del Egeo hasta que la débil falúa griega quedó a la deriva. La flota europea se ofreció en seguida al rescate, a pesar de que los helenos no pidieron auxilio, ni socorro, ni SOS. En vano. La falúa griega fue finalmente rescatada.
Más tarde, los vientos huracanados se cebaron sobre Irlanda y el buque irlandés rompió su armadura. La siempre protectora flota europea, capitaneada por Alemania, acudió de nuevo en ayuda del navío holandés, pero éste, contra lo que cabía esperar, se resistió y no cesaba de gritar que podía salir solo de aquel atolladero. No obstante, el holandés errante fue también rescatado.
Ha pasado el tiempo y una fuerte tempestad, procedente de las Azores, ha atacado la costa portuguesa abriendo un boquete en la lancha lusa. La diligente flota europea ya se ha prestado al rescate, ofreciendo además una cuantiosa suma. Pero el capitán Sócrates, que trata de sofocar una rebelión a bordo, jura y perjura que es capaz de taponar la vía de agua y que no quiere ser rescatado. Entre tanto, los rescatadores le advierten de que se hundirá, pero él, como el filósofo homónimo, prefiere la cicuta que tan asfixiante rescate.
El cuento no ha acabado aún, pero todo indica que también la embarcación portuguesa será finalmente rescatada; y que volverá a soplar el viento y que habrá nuevos rescates, pero a diferencia del grumete, mitad indio mitad vasco, nadie agradecerá un rescate que más que un salvavidas es una soga al cuello.
Erpin (Publicado el 1-04-2011)
Erpin (Publicado el 1-04-2011)
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