Pasado mañana se cumplen veinte años exactos de mi primera columna en este periódico, que no está nada mal; y si alguien, por obligación o devoción, ha tenido la santa paciencia de seguir mis obsesiones desde entonces, sabrá que a mí lo que en realidad me gusta es jugar con las palabras, porque las ideas, si alguna tengo, siempre salen al servicio de aquellas.
La columna de hoy es un claro ejemplo, ya que va a discurrir –eso pretendo, al menos- entre pares de palabras que solo se diferencian en una o dos letras. Esto no es nuevo. Ya lo he hecho en otras ocasiones a lo largo de mi periplo veinteañero, lo que es un modo de admitir –qui s’excuse, s’accuse- que me repito más que el pepino, que no el Pepiño.
Por eso, quizás alguien recuerde mi tesis de que la guerra entre Irak e Irán, feliz o desgraciadamente olvidada, pudo deberse en realidad a un malentendido por culpa de una letra. Y la historia se repite ahora al dar Obama la orden de matar a Osama, lo que pone de manifiesto que una sola letra puede marcar la línea divisoria entre el que mata y el que muere.
En la misma línea, mencionaba el otro día, a cuenta de la sentencia del TC sobre Bildu, lo fácil que es pasar de acatar a atacar una sentencia o cómo el cambio de una simple letra abre un abismo conceptual fácilmente transitable en la práctica.
La similitud literal, en ocasiones, aporta claves para interpretar una realidad que de otro modo podría pasar inadvertida. El acto de beatificación de Juan Pablo II, por ejemplo, ha sido un acontecimiento, mitad litúrgico mitad turístico, que ha sido secundado por miles de personas al grito de “Santo súbito”. El despliegue de medios empleado, la parafernalia utilizada y la ostentación exhibida hacen pensar que es muy delgada la línea que hay entre el beato y el boato.
Esa anoréxica línea divisoria es la misma que ha llevado a decir a María Escario que el fútbol –ella se refería concretamente al fútbol televisado- es un tema de Estado. Estoy de acuerdo con ella. Lo hemos visto en la serie de partidos Madrid-Barça que ha dejado heridas muy profundas entre madridistas y españolistas, que en bastantes ocasiones coinciden. El inefable Mouriño ha sido un mero portavoz inconsciente de una corriente que cree a pies juntillas en un complot judeo-masónico contra el madridismo, esto es, contra España. Por eso, las palabras de María Escario, aunque no fuera esa su intención, no han hecho más que resaltar que es inapreciable la diferencia entre el Estado y el Estadio.
Y, en fin, ahora que estamos metidos de lleno en campaña electoral, con cientos de coches circulando por las calles lanzando músicas rayadas y distorsionadas soflamas no puedo evitar pensar en la proximidad literal y conceptual entre campaña y campana, ya que ambas en su llamada a la oración o al voto invaden el espacio público. Y no olvidemos también que el fin de campaña suele celebrarse con champaña, una bebida tan gaseosa como la propia campaña.
A menudo me pregunto, pues, si la similitud entre palabras no habrá rebasado el campo de la fonética para adentrarse peligrosamente en el mundo de las ideas ¿Por qué, si no, estuvieron tan próximos en su desvarío ideológico Hitler y Himmler?
Pero mi camino literal y literario me lleva ahora, como hoja que mece el viento, por derroteros totalmente diferentes. Porque hemos conocido estos días que acaso sea necesario por segunda vez salvar a Grecia del naufragio. Se ha llegado incluso a insinuar la salida de Grecia del euro y la reimplantación del dracma o la dracma, que ambos géneros acepta esta moneda hermafrodita. Pero a mi lo que me interesa resaltar, por mero juego de palabras, es la difícil situación económica y los inacabables recortes que están sufriendo muchos griegos por culpa de la crisis, o lo que es igual, lo cercanos que están el dracma y el drama.
Y así, entre caprichosos juegos de palabras y asociaciones más o menos libres de ideas llego al fin de esta nostálgica columna –veinte años no es nada- que resume, de cabo a rabo, dos décadas de presencia con ustedes.
Erpin (Publicado el 13-05-2011)
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