viernes, 29 de abril de 2011

JORNADAS DE REFLEXIÓN

Estos, aún cercanos, días de Semana Santa y Pascua de Resurrección son geniales para dedicarse en cuerpo y alma a la reflexión y la meditación trascendental, sobre todo si estás en una terraza soleada, con una cerveza en la mano y aciertas a ver las cosas con la distancia suficiente. Lo van a comprobar enseguida, porque me he apresurado a trasladar a ustedes el resultado todavía caliente de esas extraviadas reflexiones.
El detonante surgió casi por casualidad con la segunda cerveza, al darme cuenta, no sé cómo, de que en estos santos días han confluido tres importantes acontecimientos colectivos, cuyo denominador común es la capacidad de movilizar a la gente alrededor de una causa común, a saber: Las Procesiones, como pueden ser los picados de San Vicente de la Sonsierra; los Partidos de fútbol, y en concreto, la serie de encuentros Madrid-Barça, y finalmente las Patrias, cuyo último eslabón ha sido el Aberri Eguna.  Y, casualidad de casualidades, los tres comienzan por P.
Empecemos por las Procesiones. Miles de personas asisten o participan en ellas en torno a la muerte y resurrección de su Salvador. Ese fervor religioso con capuchinos disfrazados, antorchas encendidas, saetas transidas de dolor, flagelaciones en la espalda, cadenas arrastradas y pies desnudos tiene mucho de fanatismo y roza lo fantasmagórico. La fe de estos fieles, visto desde la distancia, no se aleja mucho del integrismo musulmán o el de los judíos ultraortodoxos y, eliminando el folcrorismo que encierra, no deja de preocupar este exhibicionismo público de ritos y liturgias de un catolicismo a machamartillo.
Pero pasemos al fútbol. Miles de seguidores jalean, animan y aplauden a sus respectivos equipos con una fe ciega en la victoria. Esa fe, como la de los creyentes, mueve también montañas, montañas de ilusiones y esperanzas, de alegrías y tristezas, de triunfos y fracasos, pero mueve también montañas de dinero, de publicidad, de espectadores, de noticias y tertulias. Y detrás de esta religión están los hinchas, ataviados con sus bufandas y sus gorros, cuya miopía impide ver una falta realizada por el propio equipo y ver, por el contario, faltas inexistentes si las hace el equipo contrario. Estos fans culpan de toda derrota al árbitro y descargan en él toda su agresividad de perdedores. Y, visto desde la distancia que marca el televisor y el alejamiento  afectivo de ambos contendientes, el fanatismo de las peñas ultra no se aleja demasiado de las masas que son capaces de seguir a un líder hasta las últimas consecuencias.
Y cerremos el círculo de la reflexión con el apasionante mundo de las patrias. Los que están dispuestos verter su sangre por la Patria, como reza el Eusko Gudariak, los que, como la Guardia Civil, se rigen por el “Todo por la Patria” que preside sus cuarteles, los que se denominan a sí mismos Auténticos Finlandeses, Italianos o Americanos, los que están orgullosos, en fin, de pertenecer a una raza, un pueblo, un género o una condición no dejan de ser un peligro para los que viven su nacionalidad, su pertenencia o su identidad como un hecho accidental que se debe a haber nacido en un determinado lugar con un determinado color, sexo u orientación sexual. La exhibición en público de banderas, símbolos, himnos y proclamas patrióticas tiene, en fin, mucho que ver con la fe religiosa y el fanatismo futbolero. Y si a ello se une la certeza de pertenecer a la única patria verdadera la mezcla puede ser explosiva, dicho sea sin metáfora alguna.
Cuando finalmente pedí la tercera cerveza -por favor, que esté muy fría- llegué a la conclusión de que no hay ninguna diferencia entre un piadoso feligrés que vive la religión como una cruzada, un “ultrasur” que agrede de palabra o de obra a los seguidores del equipo contrario y el militante de un grupo político que cree en su nación como una unidad de destino en lo universal.
Por la noche tuve un sueño agitado: Un hombre de mediada edad, calvo y con bigote, aparecía disfrazado de nazareno y, ataviado con una corona de espinas y una bufanda merengue, gritaba ¡Hala Madrid! mientras agitaba una bandera preconstitucional con aguilucho y todo. Definitivamente, fueron demasiadas cervezas. 
Erpin (Publicado el 29-04-2011)

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