SED DE PASTA
Desde que Mariano Rajoy confesó que tenía sed de urnas, no dejo de preguntarme cómo, coño, se beben las urnas. Me imagino a Mariano cogiendo la urna como si fuera una pecera y bebiéndose hasta la última gota, pero no me cuadra, porque los votos no se beben. Me imagino luego a Mariano revolviendo, agitando, golpeando la urna hasta que quede disuelta y saciar así su sed, pero tampoco me cuadra. Sí, ya sé que eso de sed de urnas es una metáfora, como lo son sed de vivir, sed de venganza o sed de mal, pero, qué quieren que les diga, me parece que los creativos de Rajoy no han estado esta vez muy inspirados, porque eso de tener que disolver las urnas para saciar la sed de poder tiene un ligero tufillo antidemocrático.
En fin, ya veo a un buen número de lectores reprochándome mi incoherencia, ya que he titulado esta columna Sed de pasta y difícilmente se pueden beber los macarrones, tallarines, fetuchinis o raviolis. Sin embargo, a esa pequeña objeción ya tengo respuesta. Baste decir por el momento que la pasta a la que aludo no es el típico plato italiano, sino que hace referencia al dinero, a la pasta.
Es curiosa la cantidad de nombres con el que el lenguaje corriente alude al vil metal. Al dinero se le llama, por ejemplo, la panoja, que no la Pantoja; También se le llama tela, acudiendo para ello al ramo textil; como se recurre al reino animal para llamarla gallina -¡suelta la gallina!- o para hablar de perras, con clara distinción entre perra gorda y perra chica. El dinero puede incluso encarnarse en un malvado terrorista y llamarse Bin Laden, como el billete de 500 euros que se sabe que existe pero nadie ha visto. La sinécdoque es otra manera de referirse a Don Dinero, bien por el color, 100 verdes, bien por el material de que estuvo hecho, la plata, bien por la resistencia del metal a una dentellada, como el duro. Y luego vienen todos los derivados y diminutivos cariñosos como la pela, las pesetillas, el dinerito, el dinerete, los eurillos o los euracos. Este último nombre está teniendo últimamente mucho éxito, que vas a un bar y cuando vas a pagar enseguida te dicen: “Son 3 euracos de nada”.
En fin, ya sé lo que estaréis pensando, que me he enrollado con los nombres del dinero y sigo sin justificar cómo se puede beber la pasta. Muy sencillo. A tener dinero se le llama hoy tener liquidez, o líquido sin más. Y bien es sabido que es típico de los líquidos el poder beberse.
Y ahí quería llegar yo, porque resulta que el líquido elemento dinerario es muy escaso, tan escaso que los bancos, cuya sed de dinero es insaciable, te garantizan unos buenos cuartos si les llevas la pasta. Y los gobiernos que andan mal de tela, acuden a los oasis financieros donde se dan el lujo de bañarse en liquidez. Hasta el Lehendakari ha acudido e Emiratos Árabes Unidos y a Qatar a buscar el preciado líquido elemento que consiga regar nuestra economía.
Y no digamos nada del fútbol, que está logrando regar su marchito césped financiero con la liquidez procedente de oriente. Es el caso del Málaga comprado por el jeque Abdullah Ben Nasser Al Thani o del Racing de Santander regado con panoja del magnate indio Ahsan Ali Syed.
En ese sentido cabe interpretar también la calurosa acogida con que ha sido recibido en España el viceprimer ministro chino Li Keqiang. Y lo mismo ha hecho Francia, Alemania y Estados Unidos que se han rendido a los encantos de China, convertida en aguadora financiera de Occidente. De este modo, la otrora fiebre del oro que dio inicio a la Conquista del Oeste ha sido sustituida ahora por la fiebre del petrodólar, del yuan o de la rupia, que procede de las medianas y lejanas tierras del Este. De momento, ya se ha instalado en Madrid el primer Banco Chino, el ICBC, que garantiza líquido suficiente para las cercanas fuentes de Neptuno y Cibeles y para las siempre sedientas tierras de España.
Concluyo mi pastosa columna de hoy con una canción que se ha convertido en profética: “Si no tienes un duro no te hace caso nadie (…) En cambio si lo tienes, amigos a millares”.
Pues bien, a los jeques y a los chinos les llueven los amigos; y a Rajoy, también, que la lluvia en Sevilla es una pura maravilla. Erpin
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