Reconozco que he visto muchas “pelis” de indios y vaqueros. Demasiadas, quizás. De ahí me viene la arraigada idea de que los indios son los malos de la película; tribus salvajes y belicosas que espiaban agazapados tras los riscos, atacaban las caravanas de colonos y cortaban cabelleras sin piedad. Tal es así que las películas posteriores que se esforzaban en presentar el lado bueno de los indios no han logrado del todo desterrar -¡Cuánto nos cuesta desaprender!- aquella primitiva idea del salvajismo sanguinario de los pieles rojas.
Lo malo es que esa imagen guerrera y vengativa de los nativos de Norteamérica ha quedado acuñada, a través del lenguaje, en nuestro inconsciente colectivo. Porque si les pregunto qué palabra india recuerdan, posiblemente solo les venga a la cabeza tomahawk, nombre del hacha de guerra que se dedicaban con fruición a desenterrar. Y, sin embargo, desconocemos cómo se decía en lengua hopi, pongamos por caso, pipa de la paz, posiblemente porque los hopi eran un pueblo pacífico y de poco interés, por tanto, para los western.
La prueba del algodón de que asociamos a los indios con la guerra es que incluso las más modernas y sofisticadas armas de momento han sido bautizadas con nombres indios. Ahí están, por ejemplo, los misiles de crucero Tomahawk que tan famosos se hicieron durante la operación Tormenta del desierto. Pero no es el único caso. Porque ahí está también los helicópteros de ataque Apache que están haciendo de las suyas en Libia. En fin, hasta el nombre de los indios navajos, que denominaba únicamente al pueblo que sembraba los campos cerca de los ríos, abona en nosotros trágicas historias de navajeo.
Pues bien, para no variar la tendencia, cuando el nuevo comandante del séptimo de caballería, Barack Obama, decidió cazar y dar marile al enemigo publico number one, Osama Bin Laden, no tuvo otra ocurrencia que bautizar la acción como Operación Gerónimo. Quizás recuerden que Gerónimo fue un gran jefe apache que se entregó ante el general Miles en 1886, a cambio de su traslado a Florida y la promesa de que a su gente se le permitiera volver a su tierra de Arizona. Quizás no recuerden tanto que la causa de sus fechorías y su implacable odio a los blancos comenzó cuando las tropas españolas mataron a su madre, su mujer y sus tres hijos.
En fin, la relación de los nombres indios con el mundo de la guerra ha tenido también gran aceptación en las verdes praderas de Euskadi. Tanto es así que el que desenterró el hacha de guerra tras los acuerdos de Lizarra y comandó la mortal incursión en las áridas pistas de Barajas fue un jefe de la tribu etarra apodado Txeroki. El asunto no es casual. El nombre de los cherokees alude a la gente que vive en la cueva, como hacía Txeroki en la clandestinidad y continúa haciendo actualmente en Navalcarnero.
Sin embargo, y según se ha conocido a través de un medio muy bien establecido en Fort Moncloa, Garikoitz Aspiazu Txeroki ha tomado la decisión de salir de la cueva. Sus palabras no pueden ser más significativas: “La lucha armada ya no procede”. Y redondea así su tesis: "Lo mismo que hemos estado cincuenta años con la estrategia de la lucha armada, ahora toca cambiar de estrategia, quizá por otros cincuenta años".
Estas palabras indican con claridad que hasta los más duros guerreros de ETA se han caído del caballo y han decidido –un poco tarde, por cierto- enterrar el hacha de guerra, esa aizkora que aparece en su logotipo abrazada por una serpiente. Un hacha que recuerda de algún modo al tomahawk de los indios y un áspid que era el símbolo de los Sioux o pueblo serpiente.
En fin, esperemos que los rastreadores internacionales comprueben que, en efecto, la aizkora de ETA está enterrada y bien enterrada y confiemos igualmente en que el Gobierno provisional de España y las tribus rebeldes de ETA puedan llegar cuanto antes a fumar la pipa de la paz. Porque mucha gente, que ha visto ya demasiadas películas de indios y vaqueros en las praderas de Euskadi, quiere y desea que Txeroki sea el último mohicano.
Erpin